Chapter 2
El Cristal Entre Nosotros
Ellos se quedaron en la ventana porque no había otro lugar donde estar.
La tormenta se había estado gestando durante horas. El océano se movía como un ser vivo allá afuera, negro, furioso y honesto. A ellos les gustaba eso de él. El océano nunca fingía estar en calma cuando no lo estaba.
La lluvia golpeaba el cristal en láminas. Podían sentir su vibración contra la palma de su mano donde la apoyaban plana sobre la fría superficie. Al otro lado, el mundo se desmoronaba y se reconstruía una y otra vez. Las olas se estrellaban contra las rocas hasta desaparecer, luego retrocedían y lo intentaban de nuevo.
Antes les asustaba estar solos. Solían llenar cada habitación de ruido. La televisión. La radio. Su propia voz al teléfono, hablando con cualquiera que contestara. Habían pasado tantos años huyendo del silencio que olvidaron cómo sonaba.
En algún momento del camino, la huida se detuvo.
No porque encontraran algo. No porque alguien los encontrara a ellos. Simplemente se cansaron. Sus piernas flaquearon. Su voz se apagó. Se sentaron en el suelo de la cocina una tarde de martes con un vaso de agua y escucharon la nada que los había estado persiguiendo durante años.
Los alcanzó.
Y se sentó junto a ellos como si hubiera estado esperando todo el tiempo. Paciente. Sin aliento. Aliviada de poder descansar por fin.
Terminaron su agua. La nada se quedó.
Ahora estaban de pie en la ventana y observaban la tormenta y no había nadie detrás de ellos y nadie venía y el teléfono estaba muerto en la otra habitación y estaba bien. Estaba más que bien. El vacío había dejado de ser un agujero y se había convertido en una habitación. Silenciosa. Limpia. Suya.
Pensaron que quizás así se sentía dejar de nadar. No ahogarse. Solo dejar que el agua los sostuviera porque ella había terminado de luchar y ellos también.
La tormenta rugía. Ellos la observaban. El cristal entre ellos se empañó con su respiración.
Y se dieron cuenta de que estar vacío no era lo mismo que estar roto. Estar vacío significaba que no quedaba nada que derramar. Nada que perder. Nadie podía venir y llevarse nada de una habitación donde no se guardaba nada.
Ellos no tenían nada y la nada los tenía a ellos y estaban bien juntos.
El océano no sabía su nombre. A la tormenta no le importaba que existieran. Y por primera vez en su vida, eso se sintió como una bondad.